La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

Capítulo 1


Encuentros

A
lguien nuevo llegaría aquel día a clase. Todos estaban ansiosos por conocer a los dos extraños. Se había corrido la voz de que habían entrado sin previo aviso y en una temporada bastante extraña: mitad del segundo trimestre. Todo el mundo hablaba del tema: cuchicheos, especulaciones y todo tipo de comentarios corrían por la clase.
            Cuando el profesor Robbins, un hombre de pelo cano y peinado hacia atrás, camisa de cuadros y pantalones planchados con raya entró, se hizo el silencio. Todos miraban expectantes a la puerta por la que, en breves instantes, entrarían los dos desconocidos.
            Al fin llegó el momento. Se oyó un «que os vaya bien» por parte del director y al fin dos personas entraron a clase. Ambos iban cabizbajos. Él, porque iba mirando los horarios y las clases; ella, quizá por vergüenza, algunos de los que atisbaron sus mejillas salteadas con pecas las notaron ligeramente sonrojadas. El aspecto de ambos impresionó a toda la clase. El muchacho era notablemente alto y tenía el cabello castaño claro, ondulado, desgreñado y despeinado. Todas las chicas de la clase tuvieron que reprimir un suspiro, puesto que él poseía un enorme atractivo natural. Vestía de sudadera, con la capucha subida, y pantalones vaqueros ligeramente bajos, muchos alumnos pensaron para sus adentros que si no tendría frío. Pero muchas miradas se desviaron hacia la chica. Era bastante extraña. En lo que primero se fijaron todos fue en su pelo. Pelirrojo y con mechas negras, o muy oscuras. Era rizado y parecía revuelto, daba una apariencia de despiste y fragilidad, a la vez que un toque de fiereza exótica. Ella vestía con colores oscuros, y eso hacía que su cuerpo, delgado y de baja estatura pareciese aún más débil de lo que su complexión daba a entender. Ambos tenían la piel pálida, él más que ella, y daban una sensación de desconfianza, por alguna oculta  razón.
            El profesor Robbins se dispuso a hablar:
            —Ellos son Melanie Alava y Zachary Laine —hizo un gesto con la mano para señalarlos—. Compartirán con vosotros la clase de filosofía. Ambos son extranjeros, así que todavía no dominan del todo el noruego. Espero que todos los acojáis como es debido. Y vosotros dos —dijo, refiriéndose a los recién llegados y señalando algún punto al fondo de la clase--, podéis sentaros allí, en alguno de esos cuatro pupitres que quedan libres.
            Zachary hizo un gesto a Melanie para que pasase primero.
—Puedes llamarme Zack, si no te importa —le dijo a Melanie, ante su sorpresa
            Las miradas seguían con gran interés los elegantes pasos de Zack y los no menos elegantes de Melanie. Ella parecía algo cohibida, y él parecía muy seguro de sí mismo, aunque seguía con la  mirada baja.
En cuanto ella escogió un sitio, él se sentó en el siguiente pupitre, justo a su derecha.
Los no pocos curiosos que se viraron para verlos y seguir cotilleando observaron, cuando alzaron los ojos para atender a la clase, que ambos tenían colores de ojos bastante extraños. Melanie tenía un castaño dorado en los ojos tan intenso que saltaba a la vista en su afilado rostro pálido. Zack era un caso más extraño todavía: uno de sus ojos era de color violeta; el otro, de un marrón tan oscuro que parecía negro.

¤

            Las tres primeras horas pasaron rápidamente. Zack y Melanie resultaron ser unos alumnos excepcionales, destacando en las materias impartidas. Nadie se animó a hablarles por el halo de misterio que los rodeaba, por la desconfianza que inspiraban.
            Lo que Melanie notó, con gran horror, fue que Zack no la paró de mirar en toda la mañana, siempre que podía.
            El timbre del recreo sonó diez minutos antes y el grupo lo agradeció, pues la clase de biología a veces resultaba bastante decepcionante y aburrida. Todo el mundo se apresuró en recoger y salir, excepto Melanie. No tenía absolutamente ninguna prisa. Es más, si salía más tarde que Zack, se libraría de su hipnotizante mirada, que la llevaba persiguiendo toda la mañana, pues él, milagrosamente, iba exactamente a las mismas clases que ella, al menos por el momento. Al salir una chica salió a su encuentro. Era más alta que Melanie; aunque en realidad, todo el mundo era más alto que ella. Su media melena era casi negra, la llevaba suelta y ondulada con la frente medio descubierta. Sus ojos eran de color chocolate verdoso, y vestía con unos pantalones grises y zapatillas Converse, llevando también un abrigo color beige que marcaba todas sus curvas a la perfección y una bufanda color caoba para proteger su garganta del gélido frío del invierno noruego. Se había acercado a Melanie porque, aunque no le inspiraba confianza, le daba pena que estuviera sola. Además, tenía curiosidad.
            —Tú eres Melanie, la nueva, ¿no? —preguntó, con una sonrisa iluminando su pálida cara
            —Mel —corrigió ella, sonriendo a su vez—. Y tú eres…
            —Tania, con i latina, no griega —dijo, orgullosa—. Es que soy de España, y allí Tania se escribe con i latina. Coincidimos antes, en las clases de filosofía y matemáticas.
            Melanie le dedicó una media sonrisa y, al ver que no tenía mucha intención de seguir hablando, Tania intentó comenzar una conversación.
            —Bueno, —comenzó— ¿y de dónde eres? Tengo entendido que eres extranjera, ¿no?
            —Sí, bueno, nací en Dinamarca, pero tengo familia por casi todo el mundo. He vivido en Irlanda, Los Estados Unidos, Australia y Suecia.
            —Dominarás entonces a la perfección el inglés, ¿no? Y el sueco… —dijo ella, sorprendida.
            —Bueno, más o menos. El inglés sí; en Suecia estuve yendo a un British. Lo que mejor domino es el danés. Me lo enseñaron mis padres —se le quebró la voz.
            —Qué pasada. Yo sé español y punto… bueno, y noruego, claro. Además del inglés. En realidad no sé de qué me sorprendo, sabemos el mismo número de idiomas —añadió sonriendo abiertamente.
            Siguieron hablando, bueno, Tania siguió hablando (porque Melanie apenas decía nada) de banalidades como las asignaturas que escogieron, sobre los profesores, sobre algunos alumnos con los cuales no se debería juntar y algunas otras cosas más.
            —Por cierto, ¿has visto lo guapísimo que es ese chico, Zachary?
            Melanie se quedó un momento callada, pensando en la rareza de ese joven. Aunque ella no era nadie para hablar de rarezas. Pero, aún así, él le parecía demasiado extravagante, demasiado misterioso, demasiado anómalo, y todos los sinónimos existentes de “raro”. Cuando siempre era ella la que inspiraba desconfianza, él le hacía sentir insegura a su lado, como si en cualquier momento pudiera saltar sobre ella para matarla.
            Tania la observó con atención. Aquella chica que tenía al lado era tan, tan extraña; y parecía tan, tan triste… Sus sonrisas nunca llegaban a sus ojos, siempre rotos de dolor, como trocitos de cristal caídos al suelo. Se preguntó que le habría pasado para llegar a aquel punto.
            De pronto Melanie se dio cuenta de que Tania esperaba una respuesta.
            —Sí, es guapísimo… pero muy raro. Lleva todo el día mirándome como si fuera un bicho.
            —No sé qué me apuesto a que acabaréis juntos. Seguro que te mira así por algo —sentenció Tania, sin saber cuanta razón tenía.
            En ese momento sonó el timbre. Melanie guardó el bocadillo que había comprado en el estanco de la esquina, al cual sólo había dado dos mordiscos, en el plástico donde lo trajo y fue con Tania a la clase de lengua y literatura, en la cual, por supuesto, también estaba Zachary, o Zack, aquel extraño muchacho de ojos bicolores y presencia inquietante.

¤

            La profesora Swann era muy simpática dando clases e incluso propuso una actividad por parejas. Melanie se giró para preguntarle a Tania si quería formar grupo con ella, pero antes de que pudiese decirle nada una mano se posó en su hombro produciéndole un escalofrío.
            —¿Te gustaría ser mi pareja para el trabajo?
            Melanie se viró en la silla para descubrir quién le había pedido aquello. Al volverse descubrió los bicolores ojos de Zack y al mirarlos sintió una especie de mareo. Aquella mirada la turbaba y la fascinaba. Miró otra vez a Tania y vio que ella le indicaba con pequeños gestos que fuera con Zack.
            A pesar de lo anormal que le parecía la situación, contestó:
            —Eh… sí, claro, cómo no…
            —Bien —respondió él sin que su cara mostrase ninguna emoción aparente.
            El trabajo iba sobre crear algunos textos líricos y buscar información sobre algunos autores nórdicos famosos de este género.
            Entre los dos iban poniendo ideas para crear un poema. Melanie iba diciendo temas tipo: la amistad, el amor… Zack era mucho más tétrico: el odio, la tristeza…
            —Se me ha ocurrido una idea definitiva: ¡la muerte! —dijo Zack triunfante, aunque sin poner mucha emoción en sus palabras.
            A Melanie se le congeló la mirada. Se quedó mirando al papel con la mano temblorosa, sin saber qué decir o pensar. Miró a Zack. Los ojos de ella lo acusaban con una mezcla de tristeza e ira. Finalmente él bajó la mirada diciendo en tono sarcástico:
            —Está bien. Iré por tu estilo. ¿Qué te parece: los padres?
            En ese momento no lo aguantó más. Melanie salió corriendo de la clase con la cara enterrada entre las manos. Los ojos de Zack la siguieron sin decir nada. Tania, preocupada por la recién conocida, salió corriendo detrás de ella llamándola por su nombre. La encontró en el baño, que por supuesto estaba desierto en plena hora de clase. Lloraba amargamente, pero en silencio. De pronto levantó la mirada, sintiendo que alguien se encontraba en la misma habitación que ella.
            —¿Qué quieres? —dijo entre sollozos.
            —Eh, eh, ¿qué te pasa? ¿Te dijo algo Zachary? –Tania hablaba con voz tranquilizadora.
            —No, no, no es eso —contestó Melanie mientras otra vez las lágrimas inundaban sus ojos y rodaban por sus mejillas—. Es que… es que… —rompió otra vez a llorar—. ¡Es que la semana pasada murieron mis padres! —ocultó la cara entre las manos, como si el hecho le diera vergüenza. Tania se quedó callada. Decidida, fue a llamar a la profesora para decírselo cuando sintió que una mano anhelante agarraba su pantalón.
            —Por favor, dile que estoy enferma, no le cuentes nada, por favor…
            Dudó un momento. Si ella no quería que se supiera, sería por algo. En aquel momento aquella chica le dejó de inspirar tanta desconfianza. Relajó la cara y suspiró, mirando a Melanie, que tenía los ojos brillantes, llenos de lágrimas, suplicantes de compasión y complicidad.
            Algo en la expresión de su cara le hizo comprender que necesitaba que nadie se preocupara por ella. Sobreentendió que aquello que le pasaba debía superarlo sola, sin ayuda, porque se trataba de algún oscuro secreto que no debía compartir con nadie, del que nadie debería enterarse.
            —Está bien…
            Salió con paso seguro del baño, aún a sabiendas de que no sabía mentir y a lo mejor no colaba lo de la enfermedad. Lo intentaría al menos. Por Melanie.
            «¿Por qué, por qué, por qué, por qué?» se preguntaba Melanie, con las manos enterradas en el pelo. «¿Por qué tuvo que pasar, por qué?». Se estaba auto-torturando, pero no le importaba. Todo era culpa suya, todo lo que había pasado semana y media atrás era culpa suya.
            —Toma, aquí tienes tu mochila —dijo Tania, muy seria—. Y si necesitas algo… aquí estoy ¿vale?
            —Sí —respondió Melanie secamente—. Gracias. Ahora me voy. Te lo agradezco de todo corazón.

¤

            Un joven iba por la calle de al lado del parque, tranquilamente, observando el paisaje de su nuevo hogar. Le encantaba la mañana porque no había prácticamente nadie el la calle y así él podría campar a sus anchas. Por allí tan solo se respiraba tranquilidad y paz.
            De pronto un rastro de tristeza apareció por allí. Parecía lejana… pero era intensa. Rápidamente se fue acercando. Quien quiera que fuese el que venía estaba terriblemente triste.
            El chico levantó la vista entrecerrando los ojos. Alguien se acercaba. Caminaba a paso rápido y llevaba una mochila negra colgada de un hombro. Llevaba la mirada baja, y su maraña de pelo pelirrojo con mechones oscuros le tapaba los rasgos. Su cuerpo era pequeño y parecía frágil, y se convulsionaba cuando un sollozo atacaba la garganta de la chica.
            Sin querer chocó con él. El choque fue doloroso, pero no físicamente, sino por la infinita tristeza y rabia que transmitía.
            —Perdona —masculló ella secamente sin dejar de caminar.
            Él no pudo reprimir el impulso, por algún extraño motivo, de retenerla por un brazo.
            —Suéltame —dijo ella y, aunque intentó sonar decidida, su voz tembló considerablemente.
            —Espera. ¿Puedo ayudarte? Se te ve mal.
            —¿Te importa mucho? —espetó la chica, malhumorada.
            —Pues sí me importa —la impulsó para volverse, pero ella continuó con la mirada baja—. Mírame.
            —No te importa lo que me pasa —la joven empezaba a hartarse. Él lo percibió mediante su contacto—. Sólo suéltame –Melanie sabía que estaba siendo grosera, pero no le importaba.
            —Tú hazme caso. Mírame. Por favor.
            —¡Que me sueltes! —dijo, al borde del llanto mientras se debatía en los brazos de él pero no consiguió nada, pues él era mucho más fuerte que ella.
            Melanie levantó la mirada. Sus ojos del color de la piedra ojo de tigre brillaban muchísimo, se veían más puros que nunca.
            Por un momento le pareció que podía confiar en el muchacho. Como si se conociesen de algo. Su pelo negro le tapaba parcialmente los ojos, que eran del color del lapislázuli más puro. Era casi una cabeza más alto que ella y su cuerpo era esbelto, como el de un gimnasta. Algo parecido le ocurrió a él, con la diferencia de que él sí sabía lo que implicaba aquello.
            Por un momento se quedaron así: ella, a punto de echarse a llorar con toda la fuerza de su alma; él, con el ceño fruncido y aguantando la tristeza que ella le transmitía. Pronto las lágrimas afloraron otra vez en los ojos de Melanie y de nuevo rodaron por sus mejillas. Entonces aquel joven desconocido la abrazó y la apretó contra sí, como si se tratase de su mejor amiga.
            Melanie disfrutó del momento. Había algo en aquel chico que de alguna manera le impulsaba a contarle todo: sus problemas, lo ocurrido con sus padres, su condición… se sentía como si de verdad fuera su hermana, como si de verdad lo conociese desde siempre.
            Sin embargo, durante los primeros instantes no cerró los ojos. Su instinto no le permitía dejarse llevar con desconocidos.
            Pero tan potente era la sensación de intimidad, de que en el mundo tan sólo existían ellos dos que se echó a llorar en su camiseta como una niña pequeña lo hace en la de su madre. Él acunó su cabeza entre sus manos, tiernamente, para reconfortarla mejor. También sin saberlo se sentía inducido a consolarla, como si siempre hubiera estado ahí para consolarla.
            Así se quedaron un rato hasta que Melanie se calmó un poco y entonces él la separó de sí y le alzó la barbilla con una mano, mientras con la otra agarraba la muñeca de ella para que no se marchara sin escucharle.
            —Mira, se te ve realmente mal. ¿Te importaría si intento ayudarte? ¿Qué te parecería si mañana quedásemos aquí mismo a las cinco?
            —Si te empeñas… —la voz de ella temblaba. Intentaba disimular sin éxito un sentimiento de gran alivio.
            En cuanto él aflojó un poco la mano que aún sujetaba la muñeca de Melanie, ella aprovechó para zafarse en un ágil movimiento felino y salió corriendo.
            Mientras corría a una velocidad inusual para alguien de complexión tan débil como ella, pensaba a donde se disponía a ir. Hacía algunos años, desde que ella agredió a su madre por primera vez y le hizo tres profundos cortes en la cara, sus padres habían empezado a ahorrar dinero por si algo grave pasaba y Melanie tenía que huir. Le habían dicho que, en ese caso, cogiera el dinero y llegara hasta Oslo, donde vivía su tía. Y en ello estaba. Creía recordar donde vivía.
            El joven la miró con preocupación. El sentido común le decía que al día siguiente no vendría. Y debía contactar con ella. Pero pronto se le ocurrió otra idea.

¤

            Alice estaba en su cuarto, tarareando una de sus canciones favoritas de Evanescence: Lithium, mientras su madre, Margaret, preparaba la comida en la cocina.
            Paseaba sus finos dedos por su cabello castaño cuando sonó el telefonillo del portal.
            —¡Ya bajo yo! —dijo a su madre.
            El telefonillo estaba roto, no se podía abrir la puerta desde arriba, así que alguien tendría que bajar al portal a abrir, y ese alguien era ella. Le fastidiaba mucho tener que ir, pero por otra parte se estaba aburriendo "mortalmente", como solía decir ella, y necesitaba salir de la casa.
            No cogió ni el ascensor, pues antes de salir de la casa ya había oído otras dos veces el timbre. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo hasta llegar al portal. No se veía nadie. Decidió salir por si ese alguien no estaba delante del cristal.
            Cuando salió vio una figura menuda haciendo ademán de irse. Vestía de negro y respiraba agitadamente.
            —¿Mel?
            La figura se volvió, sobresaltada.
            —¡Alice! —seguidamente le dio un gran abrazo.
            —¡Mel! ¿Qué te pasa?
            —Alice, tenemos que subir. Tengo que hablar con tu madre —añadió con aparente alivio.

¤

            Margaret siempre había sabido el secreto de Melanie, pues era la persona de más confianza de sus padres y también sabía guardar discreción. Según ella misma, no se lo había contado ni a Alice, su hija. Siempre había tratado a Melanie como una más, no como una amenaza ni nada por el estilo. Sólo como una persona más de la familia, como su "sobrinita preferida". Eso a Melanie le encantaba. Alguien que la aceptaba tal como era, dejando a un lado su defecto.
            Subieron en el ascensor en un total e incómodo silencio. Alice solía hablar continuamente, pero no cuando otras personas (por alguna razón u otra) daban la sensación de estar sintiéndose mal. Por su parte, Melanie, simplemente no tenía ganas de hablar.
            La casa estaba en el tercer piso. Era grande y bonita, a la vez que acogedora; no como otras que, de tan grandes que son, dan una sensación de vacío. Cuando entraron, Margaret recibió a Melanie con un caluroso abrazo, al que ella respondió con pocas ganas. Desde entonces, Margaret sospechó que algo malo pasaba. Su sobrina, aunque extraña y misteriosa con los desconocidos, era muy afectuosa con las personas que más conocía. Las invitó a sentarse en el salón.
            El salón era amplio y estaba muy bien decorado. Los sofás de cuero granate, la televisión de plasma, los muebles de un estilo muy moderno, los cojines en rayas granates y canela pálido, a conjunto con las cortinas, el suelo de parqué… todo parecía elegido por un profesional, aunque en realidad era Margaret quien elegía todos los muebles, incluso de distintas colecciones, siempre que quedasen bien.
            —Hmm… Preferiría hablar a solas con tu madre, Alice —se excusó Melanie algo cortada, con una sonrisa tímida y amarga a la vez en el rostro.
            Fue entonces cuando Margaret comprendió definitivamente que algo iba mal.
            —¡Oh!, ¡Claro! No pasa nada… Yo de todas formas he quedado con Tania para ir a la biblioteca a coger unos libros. Volveré a las seis, mamá.
            Melanie se quedó estupefacta. No se podía creer tanta coincidencia.
            —¿Conoces a Tania?
            —Oh, sí, es mi mejor amiga, vamos al mismo instituto; ¿por?
—Fui a ese mismo instituto esta mañana. Coincidimos en un par de clases.
            —Okay, le diré que te incluya en el grupo de trabajo, nos faltan dos personas… ¿estás con ella en filosofía? —inquirió Alice, amablemente.
            —Sí, claro, sería genial —Melanie dijo esto sin mucha emoción y sonó como si un robot lo hubiese pronunciado.
            Alice se despidió haciendo el signo de la paz con los dedos y con una mueca parecida a una sonrisa. Seguidamente salió por la puerta apresuradamente, como si huyera de la casa hacia la tranquilidad de la calle.
            Margaret observaba el gesto melancólico de Melanie, que miraba la puerta, embobada, mientras recuerdos rápidos pasaban por su mente.
            De pronto, uno especialmente doloroso llegó al fin. Después de una semana y media sin recordar, había salido a la luz. El recuerdo de unas zarpas, el recuerdo de la sangre, el recuerdo de un bello rostro surcado por tres largas cicatrices y tres heridas recientes, el recuerdo del sabor metálico de la muerte entre los colmillos, el recuerdo de oír como la piel se desgarraba y los huesos se rompían…
            Todo volvió a su mente de forma inesperada.
            Dos gruesos goterones rodaron por sus mejillas.
            Margaret la abrazó, suponiendo qué había pasado. Esperaba estar equivocada, aunque sabía que no lo estaba.

¤

            —Es usted un gran amante de los gatos, ¿no? —preguntó la dependienta al muchacho que acababa de comprar un gato bengalí.
            —Sí, pero en realidad este no es para mí. Es para una amiga.
            —Oh, ¿Cuál es el nombre de la afortunada? —la dependienta miraba al joven estupefacta, jamás había visto a una persona tan atractiva.
            El muchacho ya se marchaba con andares silenciosos, con el gato en el pequeño transportador, mientras la dependienta farfullaba algo parecido a: ¡qué antipático!
            Mientras volvía a su casa, el chico iba pensando en la pregunta que la dependienta le hizo, serio, a la cual su única respuesta fue: «No lo sé, señorita, no lo sé. No sé nada de ella.»

¤

            El esperado mensaje llegó al fin.
            «En efecto, es ella.»
El hombre se estiró satisfecho en su silla. Enviando a quien había enviado era prácticamente imposible que fallara. Sabe ganarse a las personas. Fingir. Mentir.

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