La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

Capítulo 2


Facetas

M
elanie lloraba sin un llanto. Simplemente amargas lágrimas corrían por su rostro, incansablemente. Se sentía un monstruo. Se preguntaba continua e incansablemente qué habría hecho ella para merecer aquello. Qué habría hecho en alguna vida anterior para merecer aquélla de sufrimiento y dolor. Qué habría hecho para tener que soportar todo aquello que su naturaleza le acarreaba.
            Seguía sin emitir ningún sonido. Sólo caían lágrimas mojándole la sudadera; se desprendían de sus ojos como el rocío de las hojas se desprende de éstas por la mañana.
            De pronto, un gemido agudo salió de su garganta. Margaret no supo si calificarlo como un grito, por lo débil que era. Aquel sonido se quedó unos momentos en el aire, frágil.
            Luego todo ocurrió a la vez.
            Melanie se puso a chillar como una posesa mientras caía al suelo, agarrándose la cabeza con las manos y retorciendo el cuerpo de puro dolor, mientras su respiración se agitaba más y más y severos temblores recorrían todo su cuerpo.
            Margaret la miraba con horror sin saber qué hacer, cómo actuar. Aquella chiquilla estaba terriblemente mal. No sabía si pararla o no. Podría ser peligroso, pero si seguía así acabaría por alertar a alguien, y eso no les convenía a ninguna de las dos. En un momento la escena cambió. El chillido inacabable de Melanie se convirtió en una especie de gruñido medio humano medio animal. La chica pasaba incesantemente de las convulsiones a rodar por el suelo, delirante de dolor. Su piel empezaba a cambiar. Franjas negras aparecieron en sus brazos y piernas, y en sus mejillas. El cambio se operaba.
            Entonces Margaret supo que tenía que actuar, por muy arriesgado que fuera.
            En un momento se hallaba intentando inmovilizar a Melanie agarrándola por las muñecas, mientras ella, incontrolada e incontrolable, intentaba soltarse arañando y mordiendo con unas uñas y unos dientes que de repente se encontraban muy crecidos. Rodaron por el suelo y tiraron un par de macetas, las cuales esquivaron por centímetros. Melanie gruñía, gritaba y gemía, todo a la vez. Era confuso. Ella no quería hacer lo que estaba haciendo, era su otra "consciencia", si es que se le podía llamar así.
            Finalmente, y logrando controlar su otra esencia, intentó relajarse y quedarse quieta, a pesar del dolor que le transmitía su transformación, a esperar a que se le pasase aquella fase de locura. Margaret suspiró aliviada, pero no se relajó. En cualquier momento podría volver.
            Melanie se quedó quieta, con su cara cubierta de dolor y tierra de las macetas, a pesar de la tortura que le suponía su transformación. Seguía respirando rápida y agitadamente, pero no le importaba. Se iba a dominar. Como tantas otras veces, iba a ser fuerte.

¤

            —¿En serio? —preguntó Tania con los ojos muy abiertos.
            —No, de mentira —respondió Alice con voz sarcástica—. ¡Pues claro que es mi prima!
            Se encontraban en la biblioteca pública, habían quedado ellas y los demás miembros del grupo para hacer el trabajo de filosofía. Era un lugar grande y espacioso, como se esperaba de una biblioteca. Escogieron una mesa redonda y más bien pequeña, y se pusieron a buscar información en las numerosas estanterías mientras no llegaban los demás estudiantes.
            —Por cierto, ¿a quién escogiste para el grupo? —preguntó Alice.
            —A Zachary, el chico nuevo. Parece bastante reservado como para elegir un grupo por él solo, por eso se lo pregunté.
--Por eso y porque seguro que está buenísimo, reconócelo –Alice soltó una risita socarrona.
--Bueno, ¡para qué mentir! –Tania rió a su vez, contenta.
            Se quedaron las dos pensativas un momento, sin saber por donde retomar la conversación.
            —¿Tú a quién avisaste? —Tania rompió el hielo, como hacía siempre que se quedaban en silencio.
            Alice se quedó algo cortada.
            —Le dije que si quería venir a Melanie.
            Tania hizo una mueca.
            —Pero no empezaron con buen pie, antes te dije que… —iba a seguir hablando pero en ese momento una voz juvenil e hipnótica las interrumpió.
            —Hola señoritas —saludó—. Tú debes de ser Alice Alava. Encantado, soy Zachary, pero podéis llamarme Zack —esbozó una media sonrisa.
            —¡Ho-hola…! —tartamudeó Alice, sorprendida ante la repentina aparición de Zack.
            Los ojos de Zack la atrajeron en seguida; tan turbadores, tan distintos, tan ambiguos… como un misterio sin pregunta ni respuesta, donde sólo cabe la incertidumbre.
            En seguida apartó la vista. Había algo en ellos que no le gustaba. Que no le inspiraba confianza. Había algo sobrenatural en aquellos ojos.
            Sintió de pronto cómo dos manos le tapaban los ojos. Al momento supo quien era, tanto por la suave textura de su piel como por las continuas risitas que Tania optaba por no retener.
            —Erik, no hace falta que me tapes los ojos. Sé que eres tú.
            Él rió, jovial, y dio la vuelta a Alice para besarla suave y dulcemente. Tania apartó la vista, sintiéndose violenta, pero Zack, sin ningún titubeo, preguntó:
            —¿Quién falta?
            Fue Tania la que se encargó de responderle.
            —Mel.
            Se quedaron un momento en silencio. Todos sabían lo que había sucedido aquella mañana. Sobre todo Zack.
            —Eh… —Erik dudó sobre lo que debía decir— ¿y si empezamos el trabajo?
            —De acuerdo —dijo Tania—. Filosofía en las antiguas sociedades, ¿no?

¤

            Melanie yacía en el suelo. Quieta, inmóvil. Margaret sintió miedo de haberle hecho algo malo, hasta que, por fin, un suspiro se deslizó entre sus labios y Melanie empezó a respirar profundamente, como dormida.
            Se sumió en un sueño plácido. Vio a sus padres a lo lejos, sanos y salvos. Le gritaban algo, pero ella no les oía. Corrió tras ellos, sin acercarse, hasta que se dio por vencida y paró de correr. Ambos sonreían mientras se daban la vuelta para seguir por el camino. No se alcanzaba a ver el final. Melanie los observó hasta que los perdió de vista. De pronto, un tigre los empezó a seguir. El paisaje, que había sido arbolado y primaveral, se convirtió de pronto en tierra muerta. Un líquido rojo y espeso corría por entre las piedras. Melanie sintió la muerte a su alrededor. De pronto, un gato negro como la noche, el cual Melanie reconoció como un oriental o esfinge, pasó por delante suya con sigilo, para tomar el mismo camino. Se giró un momento para mirarla. Tenía los ojos bicolores…

¤

            —¡Shhh! —la bibliotecaria pidió silencio por cuarta vez al grupo de estudiantes. Llevaban una hora y media en la biblioteca, pero los últimos quince minutos los habían pasado riendo. Si seguían así tendría que echarlos.
            —Pues veréis, iban dos vampiros a un bar de vampiros, aunque vale, eso es bastante obvio, y viene el camarero y les pregunta qué quieren. Le dice uno: «yo quiero una copa de sangre cero negativo, por favor», y suelta el otro: «a mí tráigame un vaso de agua caliente». El camarero se va y le dice el vampiro que pidió sangre al otro: «pero tío, que somos vampiros, nosotros tomamos sangre, no agua». Y viene el camarero, les sirve lo pedido y el vampiro del agua saca un tampón usado y dice: qué pasa, ¿es que no me puedo hacer una infusión?—Zack apenas aguantaba la risa mientras terminaba de contar el chiste.
            --¡Qué ascooooooooooooooo! –gritó Alice escandalizada, mientras todos intentaban silenciar sus risas. Acto seguido se tapó la boca con las dos manos, se le había escuchado en toda la biblioteca y mucha gente la mirada con gesto malhumorado.
            Descubrían una nueva faceta de Zack. Había pasado de ser el chico misterioso y atractivo a ser el gracioso e igualmente atractivo. Las chicas tenían siempre los ojos puestos en él, e incluso Erik se sintió ignorado por Alice. Pero sus celos se desvanecieron en cuanto la mano de ella se posó sobre la suya, como siempre hacía.
            Tania era quien más sorprendida estaba. Aquella mañana, en el instituto, jamás se habría imaginado que Zack pudiera ser tan simpático o gracioso. En primer lugar pensó en lo ocurrido con Melanie, la expresión extraña que cruzó por su cara, como una misteriosa sombra.
            —¿Tú que piensas de Robbins, Tania? —era la voz de Erik.
            Tania lo miró con cara de excusa. No estaba prestando antención a la conversación, y, por lo tanto, no había escuchado nada.
            —¿En quién pensabas, Tania? —Alice le estaba empezando a tomar el pelo de esa manera tan suya.
            Todos se desternillaron cuando Zack, por lo bajo, murmuró:
            —En el profesor Robbins.
            —Ya está bien. ¡El grupo de allí! ¡Fuera! ¡Ya! —la bibliotecaria se levantó de su silla y se plantó con cara de pocos amigos delante de la mesa donde, todavía riendo, se hallaba el grupo.
            Salieron mientras todavía reían por lo bajinis. En cuanto se libraron de la mirada inquisitiva de la bibliotecaria carcajearon y soltaron las más tontas y crueles bromas sobre ella, y todos los que se encontraban en la biblioteca.
            —Sinceramente, creo que la bibliotecaria era una mezcla de búho y pulpo —Alice no pudo aguantar más y se rió mas fuerte que todos los demás juntos.
            Se hizo el silencio.
            —Guau —murmuró Erik.
            Tania tuvo que sentarse en el muro que rodeaba las escaleras de la entrada para relajarse. Todos la siguieron e hicieron lo mismo. Erik meció a Alice entre sus brazos.
            —Vamos a ver. Ahora nos ponemos en serio —era Alice quien hablaba—. ¿Qué hemos encontrado, quién tiene los apuntes?
            Todos se quedaron en silencio.
            —Mierda. En la biblioteca. Me los dejé. Voy a por ellos —Zack se fue a levantar, pero una mano lo agarró de la camiseta.
            —Eche o mesmo, ¡xa os atoparemos outro día![1] —Tania sonrió empleando el gallego, su lengua materna. A veces no se daba cuenta cuando lo hablaba.
            —Tania, traduce —avisó Alice.
            —Que da igual —suspiró Tania—. Total, como hicimos tantísimas cosas…—dijo con sarcasmo.
            Seguidamente, volvió a sentar a Zack donde había estado antes. Aún arrastrado por otra persona, el chico se seguía moviendo elegante y sinuosamente.
            Un gato oriental negro como el mismísimo azabache subió al muro y se sentó en el regazo de Zack.
            —¿Tú otra vez? Bicho estúpido… —se lo iba a quitar de encima cuando Alice lo retuvo.
            —¡Un oriental! ¡Qué bonito! —cogió al gato entre sus brazos—. Tiene los ojos bicolores… ¡Como tú, Zack! ¡Qué monadita…! —comenzó a hacerle mimos al gato.
            —Ayer se presentó en mi casa, le di de comer y no se me ha separado de los pies desde entonces…
            Alice, que era una gran amante de los gatos, empezó:
            —¡Oh, por Dios, si es una monada! ¡Adóptalo! Yo ya tengo un gato así que no puedo…
            Zack hizo un mohín, pero, poco después, ayudado por la insistencia de Alice, aceptó, adoptando una expresión cariñosa en la cara.
            —Creo que te llamaré Coby.
            —¿Qué tipo de nombre es Coby? —preguntó Erik.
            —Verás, en español, la palabra para definir los ojos de distinto color es bicolor. Si cogemos las dos primeras sílabas es bico. Y al revés, Coby.
            Las miradas de Erik y Alice se dirigieron a Tania.
            —Es verdad —dijo simplemente ésta.
            Cada vez le maravillaba más ese chico. No sólo era excepcional en clase, gracioso (aunque tenía un punto misterioso también), agradable y guapísimo, sino que también sabía español, la lengua oficial de su país natal.
            Pero, aún siendo tan simpático, había algo en Zack que a los tres no les gustaba. Algo que les daba mala espina.

¤

            —Hmmm…
            —¿Melanie? ¿Estás despierta? —Margaret se acercó al sofá.
            Melanie no quiso abrir los ojos, no quería ver nada de lo que hizo. Simplemente se limitó a responder:
            —No.
            Margaret se quedó callada, sin saber qué decir. Se hallaba en frente del sofá, en el suelo, sentada con las piernas cruzadas.
            —No ha pasado nada. No has hecho nada malo. No te preocupes —Margaret hablaba con voz tranquilizadora.
            —Soy un monstruo —Melanie se dio la vuelta hasta ocultar su cara mientras las lágrimas la surcaban por tercera vez en el mismo día.
            —Shh, tranquila, tranquila, tus padres sabían que podía pasar, tú no sabías qué hacías, no podías controlarte… —Margaret acariciaba la cabeza de Melanie, enredando sus dedos en el enmarañado pelo—. No fue culpa tuya.
            Melanie se levantó y se puso de pie, alterada
            —¿Que no fue culpa mía? ¡¿Que no fue culpa mía?! ¡Era yo, tía Maggie, era yo! ¡Soy una auténtica asesina! ¡¡Una asesina!! ¡¡Nunca debería haber nacido!!
            Margaret se enfadó al oír aquello.
            —Delante de mí, jamás digas que no deberías de haber nacido. No lo consiento.
            Melanie calló. Segundos más tarde se volvió a echar sobre el sofá, sollozando encima de un cojín.
            Unas llaves sonaron al otro lado de la puerta.

¤

            —Estás loco, fatal de la cabeza —dijo ella, indignada.
            —Es posible.
            Ambos callaron.
            —Pero… ¿Cómo se te ocurrió?
            —Bueno… —no tenía respuesta.
            La muchacha miró a su hermano con aire de superioridad.
            —Estás loco —esta vez su tono de voz era más suave—. Total y realmente loco.
            Una sonrisa traviesa cruzó su rostro y sus ojos azul desvaído.
            —¡Por Dios! ¡No es eso! ¡Si ni siquiera sé quién es apenas!
            —Estás loco —repitió mientras se sacudía el oscuro pelo, pero ahora sólo para fastidiarlo.
            Snow se acercó a la pequeña cestita de mimbre a olisquear. La pequeña gata atigrada que había comprado hacía apenas una hora se acurrucó lo más lejos posible de la abertura por donde asomaba el gran gato noruego. Su pelo blanco y exuberante lo hacía parecer el cuádruple de grande que la pequeña cría de bengalí.
            —Snow, aparta —la chica lo empujó con el pie—. ¿Por qué tu gato siempre lo tiene que mirar todo y siempre tiene que controlarlo todo? —dijo enfatizando la palabra siempre.
            —Será que salió a mí —el muchacho recogió a Snow y se fue a sentar con él en el amplio sofá. El gato empezó a ronronear con satisfacción mientras él le acariciaba la cabeza—. ¿Verdad que sí? —preguntó con voz melosa al gato.
            Su hermana puso los ojos en blanco y se fue a su habitación. Tenía que buscar algo. Antes de desaparecer por la puerta gritó a su hermano:
            —Sólo por tu bien: ten cuidado, vete a lo tuyo y no sueñes demasiado con ella. Vamos a lo que vamos.

¤

—¡¡Ya llegué!! —dijo Alice alegremente al entrar por la puerta.
            La sonrisa con la que entró se desvaneció en cuanto llegó al salón. Vio a Melanie fuertemente agarrada a un cojín, con la mirada baja, y a Margaret a su lado, sin saber muy bien qué hacer. Tampoco pasaron desapercibidas a su mirada algunas macetas que yacían en el suelo, rotas. Ni la tierra esparcida.
            —Pero, ¿qué coño…? —comenzó
            —Alice, siéntate, anda. Esto posiblemente sea difícil de digerir.
            Alice se sentó al lado de Melanie, cautelosa, atenta a cada palabra o movimiento que se diera en la habitación.
            —¿Q-Qué pasa?
            Margaret suspiró; no sabía por dónde comenzar. Decidió empezar por la parte "normal".
            —Verás… han muerto tus tíos, los padres de Mel —se sorprendió al decirlo con tanta facilidad. Supuso que se debía a que después tendría que decir algo bastante más complicado—. Y Mel… Mel…
            —Soy una hibrida —dijo ésta.
            Alice la miró con cara de duda. No entendía absolutamente nada.
            —¿Una… qué?
            —Híbrida. Medio humana, medio animal. Un monstruo —Melanie bajó la mirada, sintiéndose violenta.
            Alice se quedó boquiabierta, literalmente. No era capaz de pensar. Solo de quedarse con la boca totalmente abierta y mirando a su madre y a su prima con los ojos como platos y cara de lunática. Ni siquiera se creía que nada de eso existiera. Era una broma de mal gusto o una pesadilla. ¿A qué se suponía que jugaban su tía y su prima?
            —A ver. Todo se explicará, pero a su debido tiempo —comentó Margaret en voz baja.

¤

            —Sí, tal como lo esperábamos… —se vio interrumpido por la voz del otro lado del móvil. Una sombra recorrió su rostro—. No sé. Me parece que voy a tener que adoptar otra técnica… —lo interrumpió otra vez—. Pero… —su superior, al parecer, no admitía réplica—. Mira, haré  lo que me dé la gana, ¿vale? —seguidamente colgó.
            Cada vez lo odiaba más. Siempre le infravaloraban. ¡A él! Además, no sabía nada de la gente. No sabía como tratarlos, como atraerlos, como engatusarlos.
            Él tenía su forma de actuar, y siempre funcionaba. Y funcionaría otra vez.




[1]              Del gallego: Es lo mismo. ¡Ya los encontraremos otro día!

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