La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

Capítulo 3


El ambiente, tenso; las palabras, mudas; las miradas, serias. En resumen: expectación. Melanie sentía cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pugnando por salir, pero no iba a llorar, no en ese momento. Se lo debía a sus padres, ellos habrían querido que fuera fuerte
            —Eeeeehh… —susurró Alice en un esfuerzo para romper el hielo, aún sin creerse nada—. Bueno, me he quedado algo anonadada con esto, si me podéis explicar por qué me montáis estos números…
            Silencio.
            Después de largo rato de incomodidad, Melanie suspiró cansinamente, mientras se preguntaba cómo explicar aquello.
            —A ver, todo se trata de un defecto genético. Por alguna razón, tengo una tercera copia de ADN, pero se corresponde con la información genética de, en mi caso, un tigre. Esa información genética se activa con ciertas hormonas que tienen que ver con los sentimientos y las emociones y hace mutar a mi cuerpo por completo —dijo Melanie de corrido, como si estuviera preensayado—. Ahí tienes tu explicación.
            Alice se quedó de una pieza. Siempre había sido muy racional y se negaba en redondo a creer eso. De pronto exclamó:
            —¡Ja, ja, ja! ¡Si casi me lo creo y todo!
            Pero al ver las caras graves de Melanie y de Margaret se quedó seria en dos segundos, reflexionando si de verdad podía ser cierto lo que le estaban contando. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando volvió a mirar a su prima.
            —Alice, yo… —intentó decir Melanie.
            —No… eso no puede ser… eso n-no… ¡no puede existir!
            Por primera vez, Alice se sintió asustada por su prima. No podía ser real. Tenía que ser una especie de pesadilla. Sí, eso, exacto, una pesadilla.
            Entre tanto, Melanie se acercó lentamente para tranquilizarla.
            —¡NO! ¡Aléjate de mí! ¡Fuera, fuera! —Alice alzó un brazo en posición defensiva hacia Melanie, mientras con el otro tanteaba tras de sí buscando desesperadamente la puerta.
            Al fin la encontró, y salió a grandes zancadas -lo más que le permitían sus piernas- de la casa, con la intención de dar una vuelta y así digerir todo aquello.
            —Agh, qué mierda —Melanie se dejó caer en el sofá, abatida.
            —No te preocupes —la reconfortó Margaret—. Volverá.
            —Sí, tía Maggie, sí, pero… —tragó saliva—, ya nada volverá a ser como antes.
            —Mira, si hay algo de Alice que sí es verdad, es que una vez acepte eso, todo volverá a ser como antes —le puso una mano sobre el hombro a Melanie—. No te preocupes, ¿vale?
            —Vale…
¤

            —Qué casualidad que vivamos cerca, ¿no? —Tania reprimió una sonrisa demasiado tonta.
            —Sí, sí, qué casualidad —contestó Zack con aire distraído—. Lo siento, es que estoy pensando en qué hago con el gato.
            —¿Qué pasa, que tus padres no lo querrán, o son alérgicos, o algo?
            —No. Mis padres están muertos —contestó Zack bajando la voz.
            —¡Oh! ¡Lo siento! No era mi intención…
            —Tranquila —Zack esbozó una sonrisa cálida—. Eso pasó hace mucho tiempo, no vale la pena hablar de ello. Vivo solo, porque mi tutor legal, mi tío, no me hace ni puñetero caso. Creo que no sabe ni dónde estoy… —se llevó una mano a la cabeza y se revolvió el pelo, con gesto de nerviosismo.
            —Joder. Qué mal, ¿no? —Tania hizo una mueca.
            —Bah, ya estoy acostumbrado —Zack bajó la mirada con un deje de melancolía.
            Siguieron caminando durante un buen trecho, hablando de banalidades o temas sin sentido. Incoherencias. A Tania cada vez le entraba más curiosidad por saber qué podría haber hecho un muchacho tan agradable como Zack para hacer llorar a Melanie. Según le había contado Alice, Melanie era una persona dura y, a pesar de su aparente fragilidad exterior, por dentro no era frágil, ni de lejos.
            —Zack… —intentó pensar cómo preguntar aquello con delicadeza—. Tú… ¿por qué…?
            —¿Sí? —Zack dirigió su mirada bicolor directamente hacia los ojos de Tania, turbándola.
            —Er… bueno, nada… e-era… la duda que me surgió en el trabajo… —Tania no sabía cómo continuar. Se había echado atrás—. Pero, no te reocupes, da igual, ya la solucionaré por mis propios medios.
            Zack esbozó una sonrisa, pero no se vio reflejada en sus ojos. Estos escrutaron a Tania con evidente curiosidad.
            —Está bien
¤

            «Joder, esto no tiene ningún sentido», pensaba Alice. «Agh, qué frustración, no me entra en la cabeza».
Había decidido ir a dar una vuelta ella sola, para poner en orden sus ideas. El mundo tal como lo había conocido se venía abajo. Ahora le hacía frente a una nueva realidad, llena de lo que para ella habrían sido incoherencias y estupideces hasta apenas unos minutos antes. Mientras pensaba, comenzó a llover.
«Y encima, llueve» pensó con resignación. «Qué idiota es el mundo.»
Se dirigió a una cafetería cercana a refugiarse de la lluvia. Recordó su primera "cita" con Erik, cómo él la había encontrado fuera de casa, a la intemperie en medio de la noche, y la había llevado a aquella misma cafetería, que abría hasta pasadas las dos de la madrugada. Aquel recuerdo le produjo melancolía, aunque no supo exactamente por qué.
El local, como siempre, estaba a una temperatura agradable, e incluso algunas personas se quitaban los abrigos que les resguardaban del frío de fuera. Varias mesitas de madera se extendían por todo el local, rodeadas de amplios y cómodos sillones. Al fondo, encima de una tarima, había un grupo de jazz, compuesto por un saxofón, un piano y un contrabajo. Su música ofrecía un ambiente cómodo y acogedor, perfecto para evadirse.
De pronto, se dio cuenta cómo una lágrima se deslizaba por su cara hasta llegar a la superficie espumosa del café que había pedido. Miró al café, con los ojos muy abiertos, y, seguidamente, notó cómo otra lágrima se desprendía de su ojo, pero ésta le dio tiempo a cogerla con el dedo índice.
«¿Por qué?» se preguntó a sí misma, simplemente, mientras observaba la gota transparente resbalarse de su dedo y caer en la servilleta.
Alargó la mano hacia su bolso, colgado en la silla, cogió su móvil y marcó el número de Erik.
—¿Alice? Dime.
—¿Puedes venir a nuestra cafetería, por favor…? —pidió Alice, notando que le temblaba un poco la voz, pero deseando que él no lo notara.
—Claro. ¿Qué sucede?
—…
Alice colgó. No podía contárselo.
Enterró la cabeza entre sus manos y lloró quedamente, sin emitir sonido alguno
¤

«Mi vida entera parece estar patas arriba» pensó Alice.
Un suspiro cruzó su alma al darse cuenta que no parecía estarlo, sino que lo estaba. Su vida entera estaba patas arriba. ¿Qué haría ahora? No podía volver a casa después de lo sucedido, sería muy violento. «Para Melanie, sobretodo». Pensó con resignación.
—Eh, ¿estás bien?
Alice levantó la mirada, y se encontró de frente con un muchacho de ojos azules muy bien parecido.
—¿Eh? Ah, no. Es complicado —Alice desvió la mirada. Aquellos ojos la inquietaban.
—No te preocupes. Si quieres desahogarte, puedes hacerlo. Yo sólo pasaba por aquí pero al verte tan mal, pues…
—No, no, es igual. De todas formas ya viene mi novio —Alice sonrió para tranquilizar al chico.
—¡Alice, estás aquí! —Erik entró al pequeño bar como un ciclón y la abrazó casi al tiempo que se sentaba en el mismo sillón que ella—. ¿Qué te pasa? Parecía que habías llorado cuando me hablaste por el móvil —a continuación dedicó una mirada furtiva al muchacho de ojos claros.
—No te preocupes, ya me voy. Sólo me preocupaba por ella —se levantó sin hacer apenas ruido y se fue a la barra, donde estaba tomando lo que parecía un café.
Después de observarlo un momento atentamente, y haberse asegurado de que desde allí no podía oírlos, le dijo a Erik:
—¿Sabes mi prima, Melanie, que llegó nueva a clase; la del pelo pelirrojo y negro?
«Oh, mierda, para qué digo nada. La acabo de cagar. A ver ahora qué le cuento…» pensó cuando terminó la frase, recordándose a sí misma que no le podía decir nada.
El muchacho de ojos azules terminó el refresco de un trago y se fue apresuradamente, echándose la chaqueta de cuero por los hombros, como si hubiera oído las palabras de Alice y un resorte le hubiera hecho saltar al escuchar la descripción de Melanie.
«Pero, ¿qué demonios…?» se preguntó Alice.
—Bueno, ¿me vas a contar lo que te pasa con tu prima? —inquirió Erik, interrumpiendo así lo que pensaba Alice.
—Sí, eh… —tragó saliva para hacer tiempo y pensar una excusa convincente. Como siempre, la encontró—. Es que Mel llegó muy de repente, y eso ya de por sí me impresionó; además… —tragó saliva— mis tíos, los padres de Mel, han… —una lágrima se deslizó por su mejilla sin querer— Ellos han muerto, Erik.
—Eso, ¿y qué más? Me estás ocultando algo —no se trataba de una pregunta.
—N-no —tartamudeó Alice.
—Mentira.
—Verdad.
—Sea lo que sea no me lo piensas contar, ¿verdad? —seguidamente la abrazó.
Alice no sabía cómo podía Erik hacerla sentirse así; tan protegida, tan resguardada del mundo real. Cada vez que estaba junto a él, se sentía huir de la cruda realidad y sumergirse en otro mundo totalmente distinto; uno más fácil, más plácido.          Pero el mundo real no era así, y cada vez que Alice se daba cuenta, era un golpe más duro.
Sollozó.
—¡Eh…! no llores, peque… —Erik la apretó más contra sí— no te quiero ver llorar, en serio.
—Lo s-siento… —Alice lloraba amargamente agarrada a la sudadera de Erik— es que no te lo puedo contar… y-yo q-quiero, pero es que… es que… —no pudo proseguir y simplemente enterró la cabeza en el abrazo de Erik para acallar su llanto.
—No pasa nada. Sea lo que sea, tú tómate un tiempo para digerirlo. Luego vuelve a casa y habla con quien tengas que hablar; y si necesitas apoyo, estoy aquí. ¿Todo claro?
Alice movió la cabeza de forma afirmativa. No tenía fuerzas para hablar.
Se quedaron así unos minutos, Erik no paraba de acariciar con ademán tranquilizador la cabeza de Alice, que reposaba sobre su pecho. Luego se separaron. Alice aún hipaba un poco.
—Qué, ¿te vas a ir ya? ¿Vas a arreglarlo todo? Porque no te puedes quedar aquí para siempre.
—S-supongo que me iré, sí.
—Venga —la besó en la frente—. Ánimo.
—Gracias —ella alzó el rostro y besó a Erik dulcemente en los labios. Luego esbozó una media sonrisa en su cara y se deslizó ágilmente hacia la puerta del bar para dirigirse a casa.
¤

«Venga, ahora se lo pregunto» pensaba Tania tras un largo rato de silencio entre Zack y ella.
—Zack, ¿sabes lo que pudo hacer llorar de esa manera a Mel?
—Pues… —dudó un momento— ni idea. A ver, estaba yo sugiriendo temas algo tétricos para el trabajo de lengua y literatura y de repente se echó a llorar.
Tania, armándose de valor, inquirió:
—¿Qué dijiste exactamente?
—Pues… no sé —torció el gesto al tiempo que se encogía de hombros—. Del estilo de la sangre, el odio… me acuerdo que dije la muerte. Pero como ella me miraba mal, le sugerí: «bueno, iré por tu estilo. ¿Y si hablamos de los padres?» Y entonces fue cuando se largó.
—Vaya.
—¿Qué pasa?
—Es que… —titubeó. ¿Debía contárselo?
—No me conoces mucho, pero puedes confiar en mí —sin darse cuenta se habían ido parando. Ahora se encontraban cara a cara, sin caminar. Los ojos de Zack eran extremadamente perturbadores y atractivos. Tania decidió apostar fuerte.
—Verás, es que la semana pasada murieron los padres de Mel, entonces…
—Oh, vaya, comprendo —Zack asintió e hizo un gesto para seguir caminando—. Oye, ¿seguimos hablando mañana? Yo ya doblo por esa esquina. O si quieres hablar conmigo esta tarde, toma mi número —le apuntó su número de móvil en la piel de la mano con un bolígrafo que sacó de un bolsillo de su chaqueta.
—Vale, luego te agrego al móvil y si cuadra, te llamo —Tania sonrió—. Adeus[1] —se despidió en gallego.
—Eh, hablo español, no gallego —Zack lanzó una sonrisa pícara mientras respondía en español.
Se rieron a la vez y al final acabaron despidiéndose con un simple gesto de manos, debido a la confusión de idiomas que empleó Zack para desconcertar a Tania (llegó a usar el sueco, el francés e incluso el japonés).
¤

—Bueno, Mel… he dejado la comida a medio hacer, voy a ver si no se me ha pasado ya. Ve a la habitación de Alice, y cuando suba ella habláis, ¿vale? —Margaret miró a Melanie con ternura.
—Vale, vale…
Melanie subió apesadumbradamente las escaleras que la llevaban al piso de arriba del dúplex. Entró en la habitación que recordaba como la de su prima, la primera a la derecha.
Cuando entró, notó que la habitación había cambiado mucho. La cama de antes se había sustituido por una doble, el escritorio había pasado de ser una simple mesa a un gran espacio con lo que es el escritorio y mil estanterías donde estaban los preciados libros de Alice. Habían títulos desde el clásico Cumbres borrascosas hasta libros de poesías de los autores más contemporáneos. Tan propio de ella leer de todo…
—¡Mamá! Ya he llegado –al oír la voz de Alice el corazón de Melanie dio un brinco. No estaba preparada. No.
—Mel está arriba, en tu cuarto…
Alice no contestó, pero Melanie oyó sus pasos escaleras arriba, subía sin prisas, subía serena. La puerta se abrió.
—Hola, Mel. ¿Estás mejor? –no la miró a los ojos.
—S-sí, mucho mejor, gracias.
—Me alegra oír eso.
Una pequeña gatita gris se subió al regazo de Alice en cuanto ésta se sentó en la cama.
—Es Tsuki, mi gata Singapur —Alice seguía sin mirar a los ojos a Melanie, la cual estaba algo azorada, de pie en medio de la habitación.
—Ah. Qué linda.
—Mel —Alice alzó la vista—. ¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Yo… —Melanie tragó saliva— Mis padres me han metido la idea en la cabeza de que nadie, absolutamente nadie, sepa lo mío. Solo Maggie.
—Pero Mel, soy tu prima y lo más parecido que tienes a una hermana.
—Yo quería decírtelo pero… pero… —no sabía cómo continuar.
—Mira, tengo una idea: ¿qué tal si me lo cuentas todo y ya está?
Melanie se dejó caer sobre el suelo casi pesadamente. Se fue tumbando silenciosamente hasta que toda ella estuvo en el suelo, en una posición semejante a la fetal. Se puso a enrularse un rizo con una mano, y la otra la dejó reposar tranquilamente sobre el suelo. Alzó la vista hacia el rostro de Alice. Su cara era expectante: los labios, carnosos y proporcionados, estaban tensos; los ojos, almendrados y de color castaño, casi soltaban chispas.
—Está bien, ahora de poco sirve esconder nada. ¿Por dónde empiezo, qué quieres que te cuente? —susurró mientras se sentaba con las piernas cruzadas.
—Cuéntamelo todo desde el principio.

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