La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

Capítulo 4


      Vale, te lo contaré todo, pero por favor: no me interrumpas, no digas ni una sola palabra. Si me interrumpes puede que me bloquee y deje de hablar, ya sabes cómo soy. Así que te lo pido por favor: no hables.

     Bueno, en realidad no sé bien cuándo empezó todo esto. Creo que comenzó directamente en el embarazo. Durante los últimos meses se detectaban anomalías. No sé de qué. Sólo sé que eran anomalías. Algo relacionado con el crecimiento o no sé qué. Lo sabía mi madre, nunca me interesé especialmente por ello, ya que nunca lo quise saber. No es agradable.
El caso es que después del parto todo fue muy raro. Nací con listones oscuros en la piel. Los médicos no sabían de qué se trataba, pero al no mostrar ninguna actitud anómala en un bebé, ni desarrollar ninguna patología, lo pasaron por alto y finalmente, cuando los listones desaparecieron al cabo de dos semanas, nos dieron el alta a mi madre y a mí.
Mi infancia fue como la de cualquier niña: fui al colegio, hice amigos, celebré mis cumpleaños, todo normal. Hasta más o menos los diez años.
Cuando cumplí los diez años empezaron a ocurrir cosas extrañas. Un día la piel me cambió de color, sólo durante unas horas, pero volvieron los listones negros que tanto preocuparon en mi nacimiento. Me empezaron a aparecer gradualmente durante varios meses mechas oscuras en el pelo (que había sido pelirrojo hasta entonces). No sentía dolor, pero cada cierto tiempo se repetían estos fenómenos superficiales. Al principio me asustaba. Mis padres decidieron llevarme al pediatra, pero éste sentenció que no tenía ninguna enfermedad cutánea, y que no encontraba explicación para los hechos que le describían mis padres. Preguntó a mis padres si querían que me hicieran algunos estudios, pero ellos se negaron en rotundo, no era vida para una niña y, mientras no me encontrara mal…
Ese mismo año, corría el 2015, fuimos a París de vacaciones. En parte, porque yo quería ir a Disneyland, pero también porque nunca habíamos ido y mis padres querían hacer turismo. Era una ciudad preciosa, la gente era bastante amable y recuerdo la impresión que me llevé a ver la torre Eiffel, a la cual bauticé como la torre “Iiisél”, ya que no sabía pronunciar bien el nombre.
Nos encontrábamos haciendo la cola, hacía bastante calor, debido a una masa de aire caliente que pasaba por Francia aquellos días. Yo no paraba de protestar y pedirles agua a mis padres. Con frecuencia echaba un vistazo a mi alrededor y veía las miradas hostiles que algunos franceses dirigían a mi pelo. Cada vez que eso pasaba, les miraba fijamente con mis ojos, que para entonces ya habían pasado de un color azulado a un tono parecido al oro viejo o a la miel. Cuando ellos pasaban de mirarme el pelo a mirarme la cara, se encontraban con una mirada severa, como diciendo: «¿Qué haces mirándome?» Y en seguida apartaban la mirada. Sí, soy así, con esta personalidad tan fuerte desde siempre. Bueno; más bien desde hace mucho. Cuando era más niña era un inocente angelito de pelo color zanahoria.
A lo que iba: estábamos haciendo cola para subir a la torre Eiffel, en un caluroso día de verano francés. Cuando al fin pudimos subir, mi padre me subió sobre sus hombros, como a mí me gustaba; me sentí la reina del mundo observando la ciudad desde allí arriba. Era maravilloso para una niña de apenas diez añitos.
¿Desde aquí se ve Copenhague, papá? —pregunté jovial a mi padre.
Bueno, quizá si te fijas bien, la ves allí, a lo lejos —sonrió mientras señalaba algún punto en el horizonte.
Ah… ¡pues yo no la veo! ¡Jo! —protesté y me enfurruñé un poco. El viento jugaba con mis rizos, los cuales había heredado de mi madre que, al igual que yo, era pelirroja de cabello rizado. Recuerdo que la miré entonces, el sol le daba en la cara de tal manera que realzaba sus pómulos y ella sonreía, su cara de afilados rasgos se veía risueña, y me acarició la melena.
Anda, baja, ya volverás a ver Copenhague cuando regresemos.
Lo que mi madre no sabía era que no regresaríamos a Copenhague.

¤

Cuando bajamos de la torre, nos dirigimos a un restaurante a comer, pues era mediodía. No recuerdo qué comí, no me vayas a pedir detalles, pero sí sé que nos hallábamos en un restaurante que estaba al lado de una plaza muy transitada por los turistas. Comí tanto que pensé que iba a estallar, además la receta era exquisita y me sentía como una diosa.
Seguimos haciendo turismo durante la tarde, me divertí mucho; a pesar de ser una niña me encantaba la historia, recorrer ciudades… Supongo que para la edad que tenía entonces no era muy común, pero bueno, era y sigo siendo bastante peculiar.
Recorrimos las partes más hermosas de la ciudad. Casi cuando se iba a poner el sol, decidimos partir hacia el hotel donde nos estábamos quedando.
Mel, hay que ir al hotel. Te estás muriendo de cansancio —mi madre acarició mi cabellera alborotada.
Yo seguía ensimismada mirando el paisaje.
Melanie, cariño… —mi madre intentó sacarme de mi ensoñación, pero sus intentos fueron en vano.
De repente, una señora de unos cincuenta años salió a nuestro encuentro.
Una preciosa puesta de sol, ¿no es cierto? —la señora, que nos hablaba en un danés con cierto acento afrancesado; era pelirroja, como yo, pero su cabello no poseía este color naranja zanahoria que tengo, sino un tono granate, casi caoba, que resultaba precioso a la vista y brillaba como el crepúsculo en sus últimos segundos. Su arrugada piel era de un color aceitunado, destacando irremediablemente unos ojos de un celeste brillante, como el cielo a la hora del amanecer. Sus cejas se arqueaban sobre sus ojos, proporcionándole una expresión suspicaz.
Sí —dije yo solamente—. Me gustan las puestas de sol. Son del color de mi pelo.
Tu pelo… —la señora me miró detenidamente por primera vez—. ¡Tu pelo! ¡Tú!
Mis padres se quedaron boquiabiertos ante ella, supongo que pensarían que era una lunática o sabe Dios qué.
¿Perdone? —intervino mi madre.
Señores, necesito hablar con ustedes acerca de su hija. Acerca de su naturaleza. Tengo las respuestas que pueden estar buscando. ¿Serían tan amables de acompañarme?
Mis padres estaban desesperados por encontrar una respuesta a lo mío, así que no creo que se lo pensaran mucho. Cruzaron una mirada de entendimiento y mi padre habló esta vez.
Por supuesto, ¿nos puede decir su nombre?
Claro que sí, creo que les puedo servir de gran ayuda y me gustaría que nos mantuviésemos en contacto. Me llamo Davina Boissieu. Si no les importa, acudid a mi local; allí hablaremos con más tranquilidad.
Vayamos.
Caminamos a paso rápido guiados por Davina. Atravesamos una de las calles principales, nos metimos por una más estrecha y nos llevó a través de la ciudad durante unos veinte minutos. Finalmente, llegamos a una concentración tal de callejones que parecía un auténtico laberinto. Pero, sin titubeo alguno, Davina dobló por una esquina u otra como si se tratara de su propia casa. De repente, se detuvo delante de una puerta. Sacó la llave y la metió en su correspondiente cerradura, dio cinco vueltas a ésta y nos invitó a entrar.
El pequeño local tenía poca iluminación, unas velas aquí, una pequeña bombilla allá… Parecía acogedor. El recibidor era amplio y tenía una mesa rectángula de cristal en su centro, la cual no tenía mucha altura. Alrededor de esta mesa había varios sillones y cojines, donde cualquiera podría sentarse cómodamente. Un poco más allá había un equipo de música, y mis curiosos ojos avistaron varios discos de la New Age sobre el dispositivo. Davina se dirigió a una barra y abrió una estantería situada debajo de la misma. Dentro había un frigorífico muy pequeño, perfecto para ofrecerles algo a las visitas.
¿Gustan de algo, señores?
No, muchas gracias, señora Boissieu —respondió mi madre.
Llámenme Davina, por favor —respondió ella con una sonrisa—. ¿Tú quieres algo, pequeña… cualquieraqueseatunombre?
Soy Melanie Alava. ¿Tiene usted un zumo de naranja? pregunté muy formal.
Sí, Melanie, cariño; llámame de tú. Toma —seguidamente sacó un bote de cristal lleno de zumo y me lo tendió. Luego rebuscó algo más y sacó una botella de vino de otra estantería, sirviéndose media copa para ella y otra media para mis padres, aunque no hubieran pedido nada.
Invitó a mis padres con un gesto a sentarse alrededor de la mesa de cristal. Ellos accedieron asintiendo y ambos se sentaron en un sillón más o menos ancho. Yo corrí junto a ellos y me senté en un puf que se encontraba justo al lado del sillón.
Si no les importa, voy a poner algo de música, me relaja — Davina se dirigió al equipo de música y eligió uno de los discos. Pronto una música profunda y relajante se extendió por toda la estancia. Se sentó en otro sillón enfrente de mis padres.
Durante unos segundos nadie dijo nada. De pronto, Davina soltó un largo suspiro, y se dispuso a hablar.
Empecemos por lo primero: mi nombre es Davina Boissieu. Soy vidente privada; veo auras y a veces tengo la facultad de percibir algunos espíritus, si ellos quieren mostrarse. Su hija tiene un aura especial.
Mi padre, incrédulo, replicó:
Mire, señora, no quiero ofenderla pero…
Señor Alava, puede llamarme usted de tú y por mi nombre de pila, como le dije antes; y no me ofende en los más mínimo. Esperaba esa reacción. Pero por favor, les ruego que me escuchen; saquen sus conclusiones sobre si lo que les digo es verdad o no, sobre si estoy loca o no, pero por favor, escúchenme, porque quizá esto pueda servirles de ayuda.
Davina contempló el silencio escéptico de mis padres y suspiró con paciencia.
»Nadie sabe cómo empezó exactamente todo esto. La verdad que es algo relativamente nuevo. Todo tiene que ver con los más recientes avances en biotecnología y la manipulación genética. Hay un cierto grupo de científicos cuya filosofía dicta que la naturaleza está ahí para que tomemos todo lo que podamos de ella si los fines son favorables para nosotros, si se traducen en un beneficio. Si no me equivoco, su hija fue fruto de una inseminación in vitro –mis padres pintaron la sorpresa en sus rostros. Yo no entendía nada, pero suponía que era algo que Davina no debería saber y sin embargo sabía--. Estos científicos… no me van a creer. Se supone que estos científicos se encontraban infiltrados y modificaron genéticamente el zigoto de Melanie.
»Ellos quieren mejorar la vida de las personas, pero no pueden experimentar con menos que con personas, y además sin consentimiento. Lo más probable es que hayan introducido en el núcleo del óvulo o el espermatozoide información genética de algún animal con alguna característica que pudiera ser beneficiosa para los humanos. Su hija sería pues un híbrido entre un animal y un humano.
»Este otro ADN se manifestaría siendo asociado a distintas hormonas: cuando el cuerpo experimenta sentimientos de ira, miedo, tristeza, dolor… libera ciertas hormonas, y precisamente es ante estas hormonas ante las que reaccionan los genes modificados.
»Dentro de estos híbridos, hay ciertas divisiones. Se ha comprobado que según el tipo de sangre del individuo humano éste puede ser un híbrido o no: no hay absolutamente ningún híbrido de Rh positivo. Dentro del Rh negativo hay dos grupos: los híbridos puros, llamados así por ellos mismos, del tipo sanguíneo 0, y los semi-híbridos, del tipo A, B y AB. Relacionamos entonces la manifestación completa de estos genes con los genes recesivos (es decir, necesarios tanto en la madre como en el padre para que sean heredados) de la sangre.
»La diferencia entre unos y otros radica en que los semi-híbridos nunca llegan a manifestarse del todo en su naturaleza, pero es una naturaleza latente y existente en ellos. Los híbridos puros se manifiestan totalmente, llegando a unas conversiones brutales y sin una explicación biológica exacta por ahora.
»Por otra parte, tanto puros como semis, nombres con los que se les llaman habitualmente, presentan ciertos aspectos similares a los del animal con el que están asociados: pueden ser aspectos físicos, dietéticos, relacionados con los sentidos, etcétera.
»No sé qué tipo de cambios habrá experimentado su hija, es muy pequeña como para obedecer completamente a las clases de sangre, pero los científicos suelen elegir con meticulosidad a sus experimentos… Apostaría a que es pura.
»Yo no estoy mucho más informada acerca de estas criaturas, ya que no soy como ellas, pero tengo un amigo cercano que sí lo está, él mismo es puro. Les aconsejaría que fueran a verlo a él, ya que les puede ayudar mucho más y mejor que yo. Aquí les dejo mi tarjeta con mi dirección y mi número de móvil y por detrás les apuntaré su dirección actual; está viviendo en Toulouse. Se llama Hugo. De verdad que pienso que puede servirles de gran ayuda.
Muchas gracias, Davina —mi padre asintió, serio, mientras tomaba la tarjeta y se la metía en el bolsillo. Entonces yo no alcanzaba a comprender, pero hoy veo lo desesperados que estaban ambos por una respuesta, fuera la que fuese—. No nos tomaremos esto como una broma ni como algo tan inverosímil como parece. Estaremos atentos a los cambios de Melanie. E iremos a ver a su amigo en cuanto podamos tomar un avión desde Dinamarca, ya que nuestra estancia en Francia es limitada, mañana regresamos.
Davina desencajó la cara. Se levantó con urgencia y se dirigió corriendo a otra habitación. De allí trajo un pequeño ordenador portátil blanco. Tecleó durante unos diez minutos; yo estaba medio dormida y no hacía mucho caso de lo que ocurría a mi alrededor, y mis padres tampoco hacían preguntas. Simplemente esperaban, expectantes. Justo cuando empezaba a dormitar, el movimiento brusco de Davina al pasarles el portátil a mis padres me sacó de mi ensoñación. Estuve atenta a sus miradas pero éstas no decían nada, miraban la pantalla con una mezcla de incredulidad, estupefacción y consternación. Pasaron unos cinco minutos hasta que mis ojos, atentos a la escena, detectaron otro movimiento: la cara conmocionada de mi madre, su mano llevada a los labios. Mi padre tenía el ceño fruncido, como cuando algo no le agradaba demasiado.
No creo que sea muy recomendable volver a Dinamarca en los próximos meses —dijo Davina en voz baja.
Ya veo… —mi padre pasó una mano por los hombros de mi madre y la apretó contra sí—. ¿Alguna alternativa, Davina?
Si pueden cancelar su vuelo, sí. Puedo recuperar todas sus pertenencias de manera discreta y legal. Mi amigo lo ha tenido que hacer varias veces y yo le he ayudado.
Podríamos mudarnos a Irlanda, allí vive mi hermano con Margaret y su niña, que sólo es un año mayor que Mel. ¿Te parece? —mi padre se dirigía a mi madre esta vez, que estaba lagrimeando—. No te preocupes, cariño, todo irá bien —la abrazó todavía más fuerte. Yo no entendía nada de lo que pasaba.
¿Vamos a ir a vivir con la tía Maggie? ¿Y con el tío John? ¿Y con Alice? —pregunté yo. Sabía que ellos vivían en Irlanda, mi familia por parte de padre era irlandesa; por parte de madre, danesa.
Mis padres, al parecer, no me escucharon.
Pero tu hermano se va a Noruega este mismo año, eso solo puede ser provisional… —replicó mi madre.
Pues nos iremos fuera de Europa, a cualquier sitio. Si se habla inglés no tendremos ningún problema —mi padre hablaba con tono tranquilizador.
Supongo que sí… —mi madre se despegó algo de mi padre y me dirigió una mirada. Negó con la cabeza y sus ojos grises se dirigieron esta vez a Davina—. ¿Cuánto tiempo nos puede llevar esto?
Si pueden marcharse esta noche, genial. Yo les puedo proporcionar el billete del avión, tengo contactos en el aeropuerto de París. Ustedes sólo tienen que darme su próxima dirección y en unas semanas tendrán allí todas las pertenencias que nos indiquen aparte de fotografías, ropa, y otras pertenencias personales. Si hay algún mueble que quieran conservar, solo tienen que indicármelo, yo daré orden de que se traiga.
Entonces mi cansada cabeza se rindió al sueño y me dormí.

¤

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en un avión. Miré por la ventanilla, estaba amaneciendo.
¡Papá, papá, mira, está amaneciendo! —grité mientras tiraba de la manga de la camisa a mi padre.
Mi padre me devolvió la mirada con ojos cansados. Sonrió con fatiga.
Sí, cariño, el amanecer. Ya veo. Es bonito.
¿Vamos a ir a vivir con el tío John? ¿Y Copenhague? ¿No volvemos? —inquirí.
No, Mel, no volvemos. Vamos con mi hermano John.
¿Y por qué?
Pues… —mi padre dirigió una mirada de auxilio a mi madre.
Mi madre me puso sus pequeñas manos sobre las mejillas.
No volvemos porque… han venido unos ladrones a gastarnos una broma, y se han llevado todas nuestras cosas a Irlanda. Y como a papá y a mí nos da pereza coger otra vez todo y llevarlo de vuelta a Dinamarca, pues ya nos quedamos con los tíos. Además, ¿no te parece que es mejor estar ahí que en Copenhague? ¿No te gustaría un cambio de aires?
Negué con la cabeza.
Pero si vamos a ir también con Alice, e irás con ella al colegio y todo, mira qué bien.
Esta vez ladeé la cabeza, pensativa.
Bueno, a lo mejor sí —me dejé convencer.
Anda, vuelve a dormir, te despertaremos cuando lleguemos, ¿vale? —mi padre acarició mi cabellera pelirroja y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro, adormilándome de nuevo.

¤

A partir de entonces, mi vida volvió a ser casi normal. No conseguimos localizar al amigo de Davina, pero pensamos preguntarle a ella más adelante si se presentaba alguna complicación.
Unos meses después, Davina nos llamó a nosotros. No sé lo que ocurrió, pero en tres días estábamos de mudanza a Los Estados Unidos. Mis tíos, por su parte, se irían a Noruega por el trabajo del tío John.
Allí, en el estado de Nevada, fue donde detectaron que era superdotada, al igual que mi madre, y me subieron un curso. En Nevada estuve dos años. Hasta que ocurrió por primera vez. Fue dos meses después de venirme el primer período, cuando cumplí catorce años. La noche anterior tenía grandes jaquecas, y la noche siguiente todo ocurrió de repente. Yo no recuerdo las cosas con exactitud, sólo sé que hice mucho daño a mi madre. Mi padre tuvo que encerrarme y mandarla a ella a urgencias. No quiero saber lo duro que debió ser para ellos; encerrar a su propia hija sin poder hacer nada para evitar lo que le sucedía. Ni llamar a un médico siquiera, pues sin duda aprovecharían ese “fenómeno” para la investigación. Para la ciencia. Ni mis padres, ni mucho menos yo, querríamos eso.
Mis padres llamaron a Davina después de dos meses, cuando comprobamos que mi otro ADN, por así decirlo, reaccionaba con algunas hormonas sexuales y con los sentimientos de tristeza e ira.
Davina nos dijo que en esos momentos estaba viviendo en Australia, y que estaría bien un cambio de aires para mí, que no sería mala idea. Total, que nos mudamos a Australia. Yo iba tan nerviosa en el avión, por si podría controlarme en el caso de que pasara algo o no, que no podía parar quieta: movía las piernas, me hacía crujir los dedos de las manos, me enrulaba o me alisaba el pelo, etc.
Cuando llegamos a Australia esperamos un tiempo para ir a casa de Davina. Nos dijo que tenía unos cuantos problemas y que fuéramos en unos meses. Esos meses fueron, quizá, los más confusos de mi vida; tenía que acostumbrarme a mi nueva naturaleza, a los cambios, a todo. Mis padres también estaban muy turbados por todo lo que ocurría conmigo, pero lo iban aceptando poco a poco y me intentaban tratar como siempre, aunque yo veía que estaban cautelosos, atentos a mis reacciones.
Nueve meses después de la mudanza, nos decidimos a visitar a Davina a la dirección que nos había dado en la ciudad de Sydney. Estaba en una de las calles principales, lo cual nos extrañó, no nos imaginábamos a Davina viviendo tan expuesta a la gente.
Llegamos a su casa y nos encontramos la puerta entreabierta. Mis padres se amedrentaron un poco, pero yo no titubeé un momento y me animé a abrir la puerta. El espectáculo que encontré no me gustó en lo más mínimo. El papel de pared aparecía arrancado, mesas y sillas volcadas por el suelo, papeles esparcidos por el piso en un completo desorden, macetas tiradas, lámparas de mesa rotas, las preciadas velas de Davina tiradas por la moqueta, quemándola, aunque ese fuego aparecía apagado. En resumen, en aquella casa casi se respiraba el frenesí y la ira de una lucha. Revolví entre algunos papeles que había en una mesa que reconocí por haberla visto en Francia, y encontré algo escrito malamente en un color granate, casi marrón.


El mensaje estaba incompleto y salpicado en sangre seca. Me temblaron las manos un segundo. Luego entregué el papel a mi padre. Él me miró con seriedad, y me dijo por lo bajo:
Te lo contaré cuando sea el momento.
«¿Ellos quieren qué? ¿Y quiénes son ellos?» pensaba yo con evidente preocupación. Pero no hice preguntas.

¤

Nuestra siguiente mudanza fue hacia Suecia. Allí vivimos en un pequeño pueblo en relativa calma. Aprendí la naturaleza de mis cambios, aprendí a controlarme y a tener la mente siempre calma. Mi madre, que es farmacéutica, me proporcionó un medicamento para regular las hormonas sexuales y que me afectaran lo menos posible. También descubrí que me notaba más ágil a mí misma. Y más rápida. Además tenía el sentido del oído más desarrollado y mi equilibrio se vio notablemente mejorado. Pero hasta ahí las ventajas.
Un año y algo después, habíamos ideado un método para no tener que estar en guardia toda la noche cuando perdiera el control el veintidós de enero. Nos encontrábamos en el sótano poniendo a punto la puerta cuando noté que algo iba mal. Pero no me fié de mi instinto, ya que me encontraba calma y aún faltaba una semana para el periodo. Ahí cometí el gran error.
Horas después, mi otra esencia se disparó, rebelde e incontrolable. Minutos más tarde, un animal asustado e iracundo, se defendía a base de instinto. Pasado un tiempo, el animal se abría paso a trompicones hacia fuera de la casa.

¤

Lo siguiente que recuerdo no sé qué es exactamente. Levantarme y coger una mochila con un par de mudas de ropa, caminar, seguir corriendo sin pensar en el pasado, sin querer recordar.
Llegué a ver a unas personas llegando al pueblo, derribando la puerta de mi casa, pero no sé qué ocurrió.
Yo, cobarde de mí, huí. 

¤



A los cinco días llegué a la frontera de Noruega, durante ese tiempo comí en restaurantes baratos y me quedé a dormir en hostales cutres que pagaba con mis ahorros. Me quedé sin dinero ese mismo día, el quinto. Y todavía me quedaba llegar a Oslo.
El resto de días me estuve sirviendo de la caridad. Hacía autostop, comía si me invitaba la gente o si se apiadaban los restaurantes más económicos, dormía en coches, o a la intemperie.
Me despertó un señor que me había llevado hasta el centro de la ciudad cuando terminó su trayecto. Me preguntó si quería ir a algún otro sitio. Le contesté que no hacía falta. Tenía varias cosas que hacer.
Lo primero, rehacer mi vida. Entré a hurtadillas en un hostal y me aseé en los baños. Luego, salí e intenté pensar con claridad Tenía entendido que vosotras vivíais por ahí cerca, pero no recordaba dónde, así que me las arreglé para matricularme en el instituto que recordaba cercano a vuestra casa. Tenía mi carné, una fotocopia del de mi padre y de mi madre, falsificaría sus firmas, le haría un poco la pelota al director, suelo ser muy persuasiva. Entré esa misma mañana a primera hora, junto con otro chico llamado Zachary o algo así.
Conocí a Tania. Zachary me persiguió toda la mañana.
Después del recreo, en clase de literatura, el chico ese me recordó a mis padres sin querer. Tenía ganas de llorar. Ganas de morir. Me fui diciendo que estaba enferma. Me dejé guiar por mi instinto hasta que llegué aquí.
Y aquí me tienes.

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