La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

Capítulo 5.


     Melanie tuvo que aclararle a Alice la naturaleza de los híbridos varias veces más para que ella lo entendiese bien; incuso le hizo unos esquemas para que se enterase mejor. Cada vez le resultaba menos extraño hablar de ese tema con su prima, y el simple hecho de que fuera así la alegraba. La alegraba poder hablar con alguien más, y que ese alguien la escuchara sin pegas, se interesara y no se echara atrás. Era de las mejores cosas que le habían pasado a Melanie.
Para cuando terminaron de hablar y aclarar todo, eran las nueve de la noche y ambas estaban hambrientas. No habían cenado. Margaret las llamó, ya les había dejado suficiente tiempo para que se aclararan y no quería atrasar más la cena.
Bajaron ambas sonrientes y seguras las escaleras del dúplex y se sentaron juntas a la mesa. Comida típica irlandesa, con una salsa picante no tan típica. Melanie no había comido nada excepto el bocadillo de por la mañana desde hacía más de un día y devoró su plato con avidez. No le daba tiempo a tragar cuando se estaba metiendo otro cacho de comida en la boca.
Mel —la llamó su prima con la boca llena.
Por Dios, Alice, traga —dijo Melanie después con la boca también llena.
Ambas rieron a la vez y tragaron.
Mel, ¿te apetece salir mañana a hacer compras? Te has venido sin ropa apenas.
Bueno, la verdad… tengo que arreglar papeleo para pasarle mi custodia a tu madre, ya que soy menor de edad y, además, mis ropas llegarán aquí en dos semanas como mucho. Mis padres tenían algo preparado por si esto ocurría. No creo que me haga falta comprar nada.
Mel, no te preocupes, sal, compra todo lo que quieras y diviértete, que te viene bien, cariño. Yo me encargo de todo el papeleo —le dijo Margaret con una sonrisa.
Esto… ¿gracias? ¿En serio? Eres la mejor, tía Maggie —dijo emocionada.
Estaba eufórica. Se sentía bien. Al fin.
Terminó su comida. Se encontraba enormemente cansada. Sólo le apetecía dormir en ese momento.
¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó con cautela.
¡Ni lo preguntes! —Alice se levantó, dejó su comida a medio acabar y cogió a Melanie por la muñeca, arrastrándola escaleras arriba—. Verás qué monada de habitación nos sobra.
Margaret suspiró. Recogió los platos, guardó las sobras y se sentó a la luz de la lámpara con una enorme carpeta delante. Tenía mucho que leer, mucho que aprender, y no menos que localizar. Le esperaba una larga noche.

¤

Eran las seis de la mañana de un sábado.
¡¡Arribaaaaaaaaaaaa!! —gritó Alice entrando estrepitosamente en la habitación de Melanie.
Ésta respingó.
¡Joder! ¡No me des sustos así, que es temprano y quiero dormir! —protestó Melanie mientras se tapaba la cara con la sábana.
¿Dormir? Mel, yo soy la madre de los dormilones, ¡y ahora no es tiempo para dormir! ¡Hay que comprar ropa, que estamos en plenas rebajas! ¡No te pienso dejar la mía! —esbozó una sonrisa casi burlona.
Melanie la miró con escepticismo. Ambas sabían que la ropa de Alice no le serviría. Le sacaba tallas; Melanie era demasiado pequeña para su edad.
Finalmente le dirigió una mirada de resignación.
Ya va. Déjame vestirme tranquila.
¡Cinco minutos! Voy a ir preparando el desayuno —guiñó un ojo a Melanie y cerro suavemente la puerta tras de sí al salir de la habitación—. Animémosle el día —dijo para sí mientras bajaba las escaleras.
Melanie se puso sus vaqueros favoritos, los mismos que llevaba el día anterior, básicos y con ciertos desgastes. Llevaba usándolos dos años. Luego eligió una camiseta térmica de manga larga y se puso un jersey de gruesa lana gris oscura lisa con cuello por encima y un abrigo también grueso para guarecerse del frío noruego. Un gorro ceñido a la cabeza del mismo color y lista. Bajó a la cocina.
Alice todavía estaba en pijama y con un delantal, friendo huevos y beicon. Se giró sobre sí, como detectando una presencia, y dedicó a Melanie una sonrisa cálida.
Tienes tu desayuno sobre la mesa. Te he puesto bastante, pero si no te lo comes tu, lo como yo; tengo un hambre mortal.
Sobre la mesa del comedor reposaba una bandeja con un plato de huevos, beicon, hamburguesas vegetales, mini-salchichas, un sándwich mixto, una taza de leche con cereales de chocolate y un vaso con zumo de naranja.
Alice, ¿en serio te tragas esto todos los días por la mañana? —preguntó Melanie asombrada.
Nah, sólo sábados y domingos —Alice hizo un gesto con la mano para quitarle importancia—. El resto de los días lo como antes de dormir.
Deberías cuidarte más. No sé cómo estás tan delgada.
¡Qué dices! Si estoy bastante rellenita —Alice se dio un par de palmadas en la barriga y, tras eso, sacó su propio desayuno de la sartén y se lo puso en otra bandeja, la cual situó en el sitio que quedaba en frente de Melanie—. En fin, bon apetit!
Comieron en silencio. Alice terminó su desayuno en tiempo récord, y, a pesar de las expectativas, Melanie devoró todo su desayuno e incluso picoteó algo de fruta.
Me cambio de ropa, me peino, me maquillo, miro qué puedo hacer con esa carita tan mona tuya, y salimos en cero coma. Son casi las siete —Alice recogió los platos de la mesa a todo correr y los dejó en el lavavajillas, desordenados. Luego se quitó el delantal y subió las escaleras a trompicones.
En menos de cinco minutos bajaba otra vez las escaleras, vestida con unos pantalones negros ajustados, una Converse blanca con los cordones negros y una negra con los cordones blancos y todavía en sujetador. Asió a Melanie de la muñeca.
Veeeeeeeeeeen —tiró de ella hasta el baño de su habitación, donde se puso su térmica, otra camiseta por encima, un jersey y una sudadera gruesa negra tamaño XL con el logo de AC/DC por detrás.
Pero, ¿por qué se supone que querías que viniera? —preguntó Melanie haciendo un mohín hacia el maquillaje esparcido por todos los muebles del baño.
Ya verás, chiqui —Alice se peinó con esmero, imitando el estilo de Bon Jovi cuando grabó Livin’ on a prayer; tenía el cabello cortado exactamente igual a como lo tenía él, con la diferencia que el de Alice era más bien liso y unos cuantos tonos más oscuro.
Luego cogió un lápiz de ojos y un eyeliner y se maquilló con presteza y eficiencia. Hizo lo propio a Melanie.
Tienes unos ojos muy grandes y de un color muy llamativo, te queda genial el potingue éste —sonrió y le colocó bien el gorro, sacándole algunos rizos pelirrojos de dentro—. Vamos, peque.
Al bajar, cogió un post-it en la cocina y escribió:
*Me voy con Mel de compras. Estaré para la cena. Un beso.

¤

A los cincuenta segundos, Melanie reía estrepitosamente debido a las bromas de Alice, las cuales nunca faltaban. Iban camino de un centro comercial cuyas tiendas, según Alice, eran “genialosas”.
Cogieron la línea de autobús para llegar. Subieron justo cuando estaban cerrando las puertas y rieron una vez dentro, liberando algo de estrés. Alice le quitó el gorro a Melanie y se lo puso a sí misma, dejando al descubierto la larga cabellera pelirroja y negra de su prima.
Una mirada curiosa. Dos miradas hostiles. Tres miradas asombradas.
El pelo de Melanie destacaba mucho más sin el gorro que con él. Buscó un asiento con la mirada al fondo del autobús, y, justo después de localizar uno, hundió la mirada en el suelo y echó a andar, haciendo caso omiso de una alegre Alice, que no se daba cuenta de lo acosada que se sentía Melanie por las miradas.
En un agresivo movimiento casi imposible de seguir, Melanie arrebató el gorro de las manos de Alice, quien se lo había quitado para juguetear con él. Ésta se quedó un poco sorprendida por la reacción de su prima. Entonces se dio cuenta. La mitad de la gente que iba en el autobús miraba a Melanie con deplorable disimulo.
¿Quieres que les diga cuatro cositas? Yo no me corto un pelo —susurró Alice.
Es igual. No estoy de humor —Melanie suspiró y se enfundó el gorro en la cabeza. Se le seguía viendo la melena por detrás, pero pronto Melanie se dio cuenta y volvió a meterla dentro del gorro. Alice le paso un brazo por los hombros, en un medio abrazo reconfortante.
No te preocupes, chiqui, yo te protejo de los imbéciles mirones, ¿vale?

¤

Después de un largo y exhaustivo día de compras, Alice y Melanie se disponían a dirigirse a casa, con un cargamento monumental de bolsas.
Mamá, ¿nos puedes venir a buscar? Llevamos demasiada ropa como para llevarla nosotras solas a casa.
Respuesta negativa.
Alice colgó el móvil.
¡Joder, pues a ver cómo nos arreglamos para cargar todo esto desde la parada del autobús hasta mi casa!
No te preocupes, tengo más fuerza de lo que parece —Melanie le guiñó un ojo. De pronto su rostro se crispó. Se había olvidado completamente de aquello.


¤

Un presentimiento invitó a un chico que esperaba en la calle a comenzar a andar. Al principio quería quedarse esperando un rato más, puesto que no tenía nada que hacer, pero su instinto fue más fuerte y se dedicó a seguir a su intuición, a caminar hacia donde le llevaran sus pasos.
Puso todos sus sentidos alerta para detectar cualquier cosa familiar, pero al parecer no había nada anormal alrededor. Pegó un trago a la botella que llevaba en la bandolera y siguió caminando, sintiendo el gélido aire contra su piel, aunque sin producirle frío alguno. Pateó una piedra que había en el suelo.
¡Tsk! —gruñó. Se sentía enfadado consigo mismo por lo ocurrido el día anterior.
Vio un autobús pasar a toda pastilla por su lado. Lo sintió. Levantó la vista y echo a correr hacia la siguiente parada, donde posiblemente se bajaría. Corrió lo más rápido que pudo para no perderlo de vista.
Al fin observó el autobús pararse en su correspondiente parada. Se ocultó a la vuelta de la esquina. Aguardó.
Sólo dos personas se bajaron en esa parada. Una chica, de aparentemente dieciséis o diecisiete años, no muy alta y peinada como Bon Jovi en Runaway bajó primero cargando con tres bolsas grandes, posiblemente llenas de ropa, en sus menudos bracitos.
A continuación bajó la Chica Desconocida. Llevaba otras bolsas en las manos, pero no tan grandes como la muchacha que bajó antes que ella, aunque sí en mayor cantidad. Llevaba un gorro ceñido a la cabeza, ocultando parte de su peculiar cabellera, y un abrigo que ocultaba la delgadez de su cuerpo. Dijo algo a la otra joven y ambas rieron en voz alta. Parecía feliz.
Pero él percibía a la chica desconocida de formas distintas. Una, como un ente extraño, pero a la vez alguien en quien podía depositar plena confianza, era instinto; otra, como un ser triste y deprimido, agachado en la esquina de una habitación oscura, llorando sin descanso. Le dolía percibir aquellos sentimientos.
Apilaron las bolsas en la calle y la chica que iba peinada como Bon Jovi hizo una llamada de móvil. Él se disponía a esperar cuando percibió algo más.
Una presencia conocida y desconocida a la vez. Sabía que esa presencia también le había detectado a él.

¤

Melanie dio un respingo. Sentía cosas raras a su alrededor. Por un lado, una presencia tranquila y protectora, confiable; por otro, una amenazante, frívola, inquietante. Miró hacia todos los lados. Alguien estaba apoyado en la vuelta de la esquina. No sabría distinguir si era la presencia agradable o la alarmante.
Sólo tenía miedo.
¿Cuándo viene Erik? —preguntó a Alice con preocupación—. Me muero de frío.
Vendrá en nada, vive cerca —Alice hizo un gesto con la mano para restarle importancia a la situación.

¤

«Es el momento, o actúo ahora o no actúo» pensaron dos mentes a la vez.

¤

¿Necesitáis ayuda con el cargamento? —preguntó un chico que pasaba por allí a las muchachas.
Eh… creo que sí —Alice cogió una bolsa que había estado a punto de caerse y la puso en equilibrio. A continuación alzó la mirada—. ¡Eh! ¡Yo a ti te conozco! ¡Tú eres el chico guapo y simpático que puso celoso a mi novio porque me vio llorando y vino a preguntarme qué me pasaba!
Sí, te recuerdo. ¿Estás mejor? —el joven dibujó una sonrisa con los labios y sus ojos azules brillaron.
Chí —respondió Alice distorsionando la palabra— arigatou1 —continuó en japonés haciendo una pequeña reverencia.
Y a tu… amiga también la conozco, aunque se haga la desentendida.
No creo que nos hayamos visto antes —comentó Melanie entre dientes.
Haciendo caso omiso de sus palabras, el chico continuó hablándole.
¿Estás mejor, Chica Desconocida? Me diste plantón, pequeña testaruda —sonrió, enseñando una dentadura casi perfecta. Era una sonrisa afable.
¿Plantón? —susurró Alice de forma imperceptible.
No sé de qué me hablas —dijo ella. Mintiendo.
Bueno, vale, Chica Desconocida; haré como que ayer no hablamos, que no te conozco, y os ayudaré a llevar las bolsas como buen caballero que soy.
En ese momento llegó Erik resoplando.
Ya os ayudo, chicas, ¡joder! Menudo cargamento —miro al otro joven de reojo—. ¿Tú por aquí? ¿Qué hay de nuevo?
Nada, vi a dos mujeres que necesitaban ayuda y me acerqué a ofrecérsela como un caballero que soy, pero ya veo que tienen ayuda más que suficiente contigo. Ya me voy —hizo ademán de volverse al tiempo que se despedía con la mano y una sonrisa.
¡¡No-no-no-no-no!! —gritó Alice— ¡Que Erik solo no puede! ¡Acompáñanos!
¿Pero estás loca? —susurró Melanie casi para sí, pero con la potencia suficiente como para que Alice la oyera—. Te mataré cuando lleguemos a casa.
Pero, antes de matarme, tú tienes algo que contarme, granujilla —susurró ella.
Echaron a andar con unas cuantas bolsas cada uno y Alice y su “chico guapo y simpático” parlotearon durante todo el camino. Erik estaba cada vez más suelto, y Melanie cada vez más cortada. Le agradaba el chico de los ojos claros, pero a la vez percibía esa constante presencia inquietante que no sabía ubicar, aunque no parecía venir de él; él transmitía seguridad.
A propósito, ¿cómo os llamáis? —preguntó el chico alto.
Ella Alice Alava y él Erik Nosequé —farfulló Melanie antes de que nadie más pudiera responder.
Erik Sorensen —corrigió él, tras una breve risa.
Yo me llamo Liam Shields. ¿No me dices tu nombre…, Chica Desconocida? —era la tercera vez que usaba ese apelativo para referirse a ella.
Venga, no seas tonta —la animó Alice.
Melanie suspiró.
Mel. Mi nombre es Mel.
Mel, ¿Melinda? —el chico sonrió hacia ella para darle ánimos
Melanie —dijo ella enrojeciendo.
Es un nombre bonito. ¿Inglés, no?
Más o menos.
Conversación zanjada.
Un silencio molesto se instaló entre los cuatro jóvenes. Liam iba mirando a su alrededor mientras Melanie mantenía la vista clavada en sus zapatos. Alice conversaba con Erik de cosas banales y en voz baja, con aire incómodo.
Después de un trayecto de unos cinco minutos, llegaron a la casa de Alice y llevaron las bolsas hasta el ascensor.
¿Vais a subir? —preguntó Alice a los chicos. Erik la asió de la mano y la besó en la frente. Mientras, Alice observaba divertida la cara de duda de Liam y la de odio que le dirigía Melanie—. Sube tú también, persona-de-la-cual-no-recuerdo-el-nombre. Total, me has ayudado a traer las bolsas; ¿té o café?


¤


¡Ya estoy en casa…!
Alice no recibió ninguna respuesta.
¿Mamá?
Divisó un post-it en la nevera. Era el mismo que había dejado ella esta mañana.

*Me voy con Mel de compras. Estaré para la cena. Un beso.
*Me fui a visitar a tu padre al trabajo. Volveré después de la cena. Hay pasta para cocer en la despensa. Besito.

¡Pues menuda gracia! —exclamó Alice—. Bueno, es igual; pasad al salón y acomodaos, yo preparo algo y voy en seguida.

¤

Los tres que quedaron en el salón no cruzaron palabra apenas desde que Alice marchó a la cocina. Cuando ésta volvió encontró a Erik y Lian intercambiando pequeñas ráfagas de palabras y a Melanie algo apartada, asomada al balcón.
¡Oh, venga ya! —exclamó Alice cuando llegó con un poco de té—. Parece el concurso de: ¿quién se pone más tenso que la cuerda de una cometa? —sirvió el té y se sentó junto a Erik.
Voy un momento a mi cuarto —murmuró Melanie mientras huía escaleras arriba.
«Dios, Dios, Dios, ¿qué hago, por qué está aquí, cómo me encontró? Dios». Estaba nerviosa, ocurrían demasiadas cosas a la vez. Sabía que estaba siendo borde y no quería; aquel muchacho, Liam, le transmitía buenas vibraciones, paz y tranquilidad. Pero no sabía lo que ocurría. ¿Le había seguido? En ese caso, ¿por qué, qué motivos tenía?
Subió a su habitación y dio un par de vueltas en redondo. Se sentó en el suelo y realizó sus llamados “estiramientos de relajación”. Con los nervios algo más paliados, decidió volver a bajar.

¤

¡Mel! ¡La chica desaparecida! Siéntate, anda, que te he guardado sitio —Alice guiñó un ojo a su prima mientras le señalaba un lugar al lado de Liam.
Melanie la miró con odio y se sentó lo más apartada posible del muchacho. No le gustaban los desconocidos, y menos si captaban su atención y les rodeaba un aura de misteriosa bondad y tranquilidad. No confiaba en las impresiones que mostraban las personas. La gente es mentirosa.
Estuvieron parloteando largo y tendido sobre temas banales de actualidad y estudios. Liam había terminado la enseñanza obligatoria y se ganaba la vida como podía, ya que había dejado los estudios. Para entonces, estaba ahorrando para poder hacer un ciclo o curso y ganarse la vida más decentemente.
Siguieron hablando durante un rato más, hasta que fue hora de cenar y Alice despidió a los chicos. Le estrechó la mano a Liam y depositó un beso en los labios de Erik.
¿Qué quieres con Mel? —preguntó Erik a Liam sin rodeos una vez en el ascensor.
Liam dio un respingo apenas perceptible.
¿Yo? Eh… Nada, sólo la vi mal y me preocupé por ella ayer.
¿Y hoy?
Sólo les he prestado mi ayuda a dos damas que la necesitaban. No veo nada anómalo en ello.
Bueno. Supongo que tienes razón. Hasta otra.
Erik salió del ascensor dejando a Liam atrás con andares rápidos. A él no le gustaba Liam. Le daba mala espina, al igual que el otro muchacho, Zachary.

¤

No tengo nada nuevo —dijo el chico mientras daba un sorbo al café.
¿Y eso? Siempre has sido eficiente.
¡Venga ya! La conocí ayer. Dame tiempo. No confía en nadie.
El hombre canoso miró a su alumno. Tenía razón.
Hazte su amigo o algo. La quiero antes de fin de curso.

1 Del japonés: gracias

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